
"Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte,
sin remordimiento, ni tristeza ni preocupación.
Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo,
y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso.
Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra.
Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el poder
que les corresponde. De otro modo serán, mientras vivas,
los actos de un hombre tímido."
Don Juan no me volvió a hablar de la maestría de estar consciente de ser hasta meses después. Estábamos entonces en la casa donde vivía todo el grupo de videntes.
"Vamos a caminar un rato - me dijo don Juan secamente, poniendo una mano sobre mi hombro. 0 mejor todavía, vamos donde hay mucha gente, a la plaza del pueblo y nos sentamos a platicar."
Me sorprendió muchísimo que me hablara; ya llevaba yo varios días en la casa y ni siquiera contestaba mis saludos. Al momento en que don Juan y yo salíamos de la casa, la Gorda nos interceptó y nos exigió que la lleváramos con nosotros. Parecía estar determinada a seguirnos. Con voz muy firme don Juan le dijo que tenía que discutir algo conmigo en privado.
-Van a hablar de mí - dijo la Gorda; su tono y sus gestos traicionaban tanto su desconfianza como su enojo.
-Pues, sí - repuso don Juan secamente. Pasó frente a ella sin volverse a mirarla.
Lo seguí, y caminamos en silencio hasta la plaza del pueblo. Cuando nos sentamos le pregunté que qué demonios podríamos discutir acerca de la Gorda. Todavía me molestaba la amenazante manera como me había mirado cuando salíamos de la casa.
-No tenemos nada qué discutir acerca de la Gorda o de ninguna otra persona -repuso. Le dije eso sólo para aguijonear su enorme importancia personal. Y dio resultado. Está furiosa con nosotros. Yo la conozco bien, estuvo hablando consigo, misma y ya se dijo lo suficiente para darse confianza y para sentirse indignada porque no la trajimos y por haber quedado como tonta. No me sorprendería si se nos viene encima en esta banca.
-Si no vamos a hablar de la Gorda, ¿de qué vamos a hablar? - le pregunté.
- Vamos a continuar la discusión que comenzamos en Oaxaca -contestó - Entender esta explicación va a requerir tu esfuerzo máximo. Tienes que estar dispuesto a cambiar una y otra vez de niveles de conciencia, y mientras estemos envueltos en nuestra plática exigiré de ti total concentración y paciencia.
Quejándome a medias, le dije que me había hecho sentirme muy mal al negarse a hablarme desde mi llegada a su casa. Me miró y arqueó las cejas. Una sonrisa apareció fugazmente en sus labios y se desvaneció. Me di cuenta de que me daba a entender que yo estaba tan confuso como la Gorda.
-Te estuve aguijoneando tu importancia personal - dijo frunciendo el ceño. La importancia personal es nuestro mayor enemigo. Piénsalo, aquello que nos debilita es sentirnos ofendidos por los hechos y malhechos de nuestros sernejantes. Nuestra importancia personal requiere que pasemos la mayor parte de nuestras vidas ofendidos por alguien.
"Los nuevos videntes recomendaban que se debían llevar a cabo todos los esfuerzos Posibles Para erradicarla de la vida de los guerreros. Yo he seguido esa recomendación al pie de la letra y he tratado de demostrarte por todos los medios posibles que sin importancia personal somos invulnerables."
Mientras lo escuchaba, de pronto, sus ojos se volvieron muy brillantes. La idea que se me ocurrió, de inmediato, fue que parecía estar a punto de reirse y que no había motivo para hacerlo, cuando me sobresaltó una repentina y dolorosa bofetada en el lado derecho de la cara.
Me levanté de un salto. La Gorda estaba parada a mis espaldas, con la mano aún alzada. Su. cara estaba roja de ira.
-Ahora si puedes decir lo que quieras de mí, y con más razón -gritó. ¡Pero si tienes algo qué decir, dímelo en mi cara, hijo de la chingada!
Su arranque pareció haberla agotado; se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Don Juan estaba inmovilizado por un júbilo inexpresable. Yo estaba tieso de pura furia. La Gorda me fulminó con la mirada y luego se volvió hacia don Juan y le dijo sumisamente que no teníamos ningún derecho a criticarla.
Don Juan se rió con tanta tuerza que se dobló casi hasta el suelo. Ni siquiera podía hablar. Dos o tres veces trató de decirme algo, pero finalmente se incorporó y se alejó, con el cuerpo aún sacudido por espasmos de risa.
Yo estaba a punto de correr tras él, todavía furioso contra la Gorda, quien en ese momento me parecía despreciable, cuando me ocurrió algo extraordinario. Supe, instantáneamente, qué era lo que había hecho reír tanto a don Juan. La Gorda y yo éramos horrendamente parecidos. Nuestra importancia personal era gigantesca. Mi sorpresa y mi furia al ser abofeteado eran exactamente iguales a la ira y la desconfianza de la Gorda. Don Juan tenia razón. La carga de la importancia personal es en verdad un terrible estorbo.
Corrí tras él, exaltado, lágrimas me brotaban de los ojos. Lo alcancé y le dije lo que había comprendido. En sus ojos había un brillo de malicia y deleite.
-¿Qué puedo hacer por la Gorda? - pregunté.
- Nada -contestó. Los actos de darse cuenta son siempre personales.
De El fuego interno - Carlos Castaneda
Capítulo 2 - Los pinches tiranos